Se cuenta
que antes que se originara el amor, en el mundo dominaban unos seres humanos se
componían de dos cuerpos pegados en la espalda, ellos tenían dos cabezas,
cuatro brazos, cuatro piernas y dos genitales, por lo existían tres sexos.
- Los hijos del sol: que eran lo más viriles y masculinos, pues eran dos hombres en uno solo.
- Las hijas de la tierra: las más femeninas y más fecundas, pues se componían de dos mujeres en una sola.
- Los hijos de la luna: lo andrógino, lo ambiguo, se componían de un hombre y una mujer unidos en un solo ser.
Estos
seres que desafiaban a los dioses, fueron cortados a la mitad y condenados a
caminar en dos piernas y pensar con una sola cabeza, desplazados de su otra
mitad por grandes distancias. Castigados a encontrarse los unos a los otros por
toda la eternidad, y al encontrar su mitad surgiría la necesidad de volver a
unirse, volver a formar ese único ser.
Se nace como
homenaje de aquel tercer sexo perdido, el que representa la ambigüedad, nacemos
sin condiciones determinantes del sexo y a medida que nos sociabilizamos
aprehendemos conductas que determinan el género; romper con la línea de lo
femenino/masculino no debería ser transgresor, sino natural, pues nacemos para
la ambigüedad.
El culto
al cuerpo es tal vez hoy en día una de las situaciones más actuales, pues el
cuerpo constantemente es atacado de imágenes de cómo debe de verse,
constantemente se recibe cuadros de que sería el cuerpo ideal, que partes de
cuerpo debemos tachar, borrar, corregir, modificar, alterar. La sexualidad y la
estética por género no es ajena, como también es la forma más polémica y
agresiva de alteración corporal, pero forma parte de un todo, de un global de
la construcción que nos forman desde el día que nacemos hasta que morimos.
Liberarse,
ser naturales, romper con esa línea para alcanzar el más puro éxtasis, son las
pautas para poder sentir el cuerpo como nuestro y no como una propiedad de
adoración pública a la que debemos santiguar.
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